sábado, 9 de junio de 2012

El asesinato del Periodista Luis Mesa Bell

Con cierto orgullo puedo decir que cuento entre mis antepasados con una remarcable figura del periodismo nacional, cuyo nombre, sin embargo, no es del todo conocido.

Se trata de mi tío Luis Mesa Bell, joven reportero del Santiago de los años 20 que desde temprana edad colaboró en diversos medios de comunicación, haciéndose hacia inicios de la década de 1930 un prestigio que lo llevó a asumir como director de la revista Wikén.

Su ácida pluma, así como su estilo frontal, sumado a un fuerte compromiso con la verdad, lo pusieron en la mira de los criminales, hasta que en plena investigación del caso Anabalón fue asesinado brutalmente. Su cuerpo fue encontrado a fines del año 1932 en una zona de Carrascal donde hasta hoy se encuentra una animita en su recuerdo.

Mi buen amigo Claudio Rodríguez, colaborador de este blog, ha escrito un artículo sobre Mesa Bell que les ofrezco a continuación como un modo de dar a conocer algo más de la labor realizada por este periodista, que dio la vida por mantener en alto una profesión que hoy pareciera servir sólo para descuerar intrascendencias de modelos, futbolistas y animadores venidos a menos:

El primer mártir del periodismo chileno

Pese a su corta edad -aún no cumplía 30 años-, además de integrar el movimiento socialista NAP (Nueva Acción Pública), Luis Mesa Bell ya había cumplido labores como editor en el diario La Nación, director en El Correo de Valdivia y La Crónica, además de participar en la fundación de otros medios escritos menores y de marcado tinte político. Tal vez por este motivo, en sólo cuestión de semanas pasó de colaborador a redactor y de redactor a director de Wikén. Esto último ocurrió en octubre de 1932 y de inmediato modificó el estilo liviano y de variedades de la revista por otro más agresivo e ideológico, semejante al que ya había desarrollado en La Crónica. Así se sucedieron las denuncias sobre los corredores de la bolsa negra, los servicios de aseos y jardines, las Milicias Republicanas (para infiltrarse en sus cuarteles se disfrazó de albañil), además del tráfico de morfina, heroína, cocaína y opio en el puerto de Valparaíso ante la inoperancia policial.

Sin embargo, su investigación más importante -la última que llevó a cabo- tuvo que ver con la desaparición del profesor primario Manuel Anabalón Aedo. Desde el inicio del primer reportaje referido a lo que la opinión pública comenzó a llamar “caso Anabalón”, aparecido el 22 de octubre de 1932, Mesa Bell hizo gala de su pluma grandilocuente, agresiva y sensacionalista que constituía su marca registrada:

¿Cuatro y no sólo Anabalón fondeados por la dictadura de Dávila?

-Revelaciones inéditas sobre la desaparición del profesor de Antofagasta.

Las madres de todo el país han sentido tambalear sus corazones ante el misterio de aquel profesor de 20 años que desapareció en las fauces mismas de la Sección de Investigaciones.

Sin otro delito que una mentalidad puesta al servicio de los obreros, el profesor Anabalón, nuestro primario de Antofagasta, aparece ahora como nueva víctima de las dictaduras que el oro de la burguesía imperante levanta para detener el avance de las ideas que amenazan con derrumbarlas...”.

La institución a la que Luis Mesa Bell hizo referencia en su texto correspondía a la Sección de Seguridad de Investigaciones, policía secreta creada a fines de la década del 20’ por Carlos Ibáñez del Campo para darle un soporte legal a la represión política de su dictadura y que en el papel dependía del Cuerpo de Carabineros. A partir de esta publicación, surgieron las primeras grietas en la plataforma de impunidad que mantenía a sus agentes en calidad de intocables, lo que explica la destemplada reacción surgida desde los altos mandos que no descartaron recurrir a todo tipo de métodos -unos más santos que otros- para silenciar las denuncias de Wikén.

Tal era la convicción del periodista del acierto de sus afirmaciones, que no dudó en calificar a Investigaciones como una auténtica “mafia chilena”. Precisamente, por contar con todas las facilidades para ocultar sus crímenes “(...) las flagelaciones más horripilantes, los secuestros arbitrarios y las detenciones más abominables quedaban sin castigo alguno (...) Nadie ha recibido castigo por ello (...) -denunciaba Mesa Bell-. (Por el contrario,) procesos silenciados, órdenes de libertad condicional, fronteras abiertas”.

Más adelante, el periodista informó detalladamente sobre las últimas horas con vida de Manuel Anabalón. Catalogado de subversivo por los agentes del régimen de facto de Carlos Dávila -militaba en el Frente Único Revolucionario, movimiento afín al Partido Comunista-, se le embarcó en Antofagasta, junto a otros prisioneros políticos en el vapor Aisén con dirección al sur. Al llegar a Valparaíso, fue puesto a disposición de la Policía de Investigaciones del puerto, oportunidad en que se le perdió el rastro. En esta parte del relato, el reportero sabueso lanzó su más grave acusación: “La Sección de Seguridad es responsable de la muerte de Anabalón. Rencoret (Prefecto de Investigaciones de Valparaíso) es asesino de Anabalón”.

En los números sucesivos, Wikén fue entregando nuevos antecedentes del “caso Anabalón” como, por ejemplo, la ubicación exacta del cadáver del profesor en las profundidades del muelle de Valparaíso. Además, calificó de “prontuarios” las hojas de vida de algunos funcionarios de la policía supuestamente involucrados en éste como en otros crímenes, entre ellos el propio Rencoret, el director de Investigaciones Armando Valdés, el prefecto Carlos Alba, el subprefecto Fernando Calvo y el agente Carlos Vergara, apodado Guarango en el mundo del hampa. En el título de uno de estos artículos, publicado a fines de 1932, Mesa Bell acabó por firmar su sentencia de muerte: “La Sección de Seguridad: vergüenza y baldón del cuerpo de carabineros”.

Las amenazas no tardaron en llegar. Éstas incluyeron desde el director a todo el resto del personal de Wikén. Roque Blaya, publicista argentino propietario de la revista, fue agredido por un sujeto con un laque (bola de acero con mango de goma) a la salida de un restaurante del cerro San Cristóbal y que según las pesquisas de Wikén se trataba del mismo Guarango. A diferencia de Mesa Bell, el argentino salvó ileso del ataque. Las oficinas de Wikén, ubicadas en Amunategui 86, también fueron asaltadas, “operativo” en el que desaparecieron varios ejemplares del último número de la revista. En todo caso, un hecho menor, si se le compara con el asesinato de Luis Mesa Bell, ocurrido el 21 de diciembre 1932, cuyo cadáver apareció destrozado al día siguiente en un potrero de Carrascal, en la periferia de Santiago.

F.Periodismo Global.cl / Claudio Rodríguez / Fernando Meza

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